Para cerrar el año, me gustaría hacer una pequeña reflexión. Estos días he leído algunos artículos en diversos blogs en inglés en los que se hacía un pequeño debate sobre los límites a la hora de ser vegano. En concreto, una entrada reciente en el blog Vegan Freaks que habla sobre Peter Singer ha originado cierta polémica al plantear la cuestión de hasta qué punto es razonable ser inflexible en ciertas situaciones cotidianas (pero no por ello menos trascendentales).
Hoy en día, por fortuna, resulta muy sencillo comer vegano en casa. Ya no supone una odisea encontrar alternativas a los productos animales porque se pueden encontrar ya en muchos supermercados y herbolarios. Sin embargo, cuando se trata de comer fuera, el asunto ya no es tan sencillo. Si bien muchos restaurantes ofrecen platos ovo-lacteo-vegetarianos, en la mayoría de establecimientos no han oído hablar nunca del veganismo, y lo más que nos pueden ofrecer son aburridas ensaladas. Y es que las cremas de verduras a menudo se hacen con nata, casi todos los postres llevan huevo y para los italianos la vida no es vida sin el queso y la mantequilla.
Lo que intento decir es que hay veces que no queda más remedio ser realista y ceder un poco. Por supuesto, no estoy defendiendo que abandonemos nuestros ideales a la primera de cambio, sino que a veces no se le pueden pedir peras al olmo. Siempre he sido partidario del camino intermedio, porque pienso que entre el blanco y el negro hay una gama ilimitada de grises (aunque reconozco que no siempre lo llevo a la práctica). Creo que lo fundamental es que sigamos luchando por lo que creemos, defendiendo nuestra máxima de que es posible vivir sin considerar a los animales como seres inferiores que están aquí para "servirnos" (o para que nos sirvamos de ellos). Pero tampoco podemos olvidarnos de que una respuesta diplomática, un gesto amistoso, siempre resultará más fácil de digerir para los demás que una negativa airada.
Pongamos por ejemplo que vamos a una fiesta en casa de unos amigos de unos amigos que no saben que somos veganos (nuestros amigos deberían saberlo ya, ¿no?) y que olvidamos recordarles que no comemos productos animales. Lo más lógico es que, si nos explicamos con educación y de manera simple, el anfitrión lo entenderá e incluso verá en prepararnos algo para comer un reto interesante. Por otra parte, si nos negamos en rotundo y con malas palabras, estaremos haciendo un feo a la otra persona y quizás alimentarás el mito de que los veganos somos extremistas y sectarios.
No hay nada que me guste menos en esta vida que los dogmas y, afortunadamente, no hay necesidad de redactar unos mandamientos en lo que al veganismo se refiere. En última instancia, la decisión de hacerse vegano es algo muy personal y el ámbito y los límites se los pone cada uno. Como muchas cosas en la vida, esto es un camino, y cada uno nos encontramos en una etapa diferente. Antes de ser veganos muchos hemos sido vegetarianos y, por tanto, tardamos un tiempo en renunciar al huevo y a los lácteos. Algunos renuncian radicalmente a tejidos como la lana y la seda y a productos hechos con cuero. Yo jamás en la vida sería capaz de comprarme una chaqueta de piel o regalar un abrigo de visón. Pero, por otro lado, me permito cierta flexibilidad si unos zapatos tienen piel en alguna de sus partes. Si tuviera la oportunidad de escoger unos que sean 100% sintéticos, me decantaría por ellos, obviamente. Pero si no se da el caso, tampoco me voy a autoflagelar porque no creo que con ese gesto queden anulados todos los esfuerzos que hago en otros ámbitos como la cocina o la cosmética. Cada paso y cada gesto tienen su importancia.
¿Hasta dónde llegáis vosotros?